Ese mismo con un tiro esriñoao del 9,3. El cochino que se escurre de manos el cañao abajo hasta que se acula en una chaparrera. Los perros, que lo saben grande, le guardan distancia y le laten de largo. Como te ha salido al poco de soltar, se han llegado hasta él solo perros chicos.
Bregando monte abajo te vas llegando hasta él, cuchillo en mano y paralelo del 9,3 al hombro y cuando lo tienes encima, sientes el castañeteo de las amolaeras y los navajones. Le entras despacito por los lomos. Entre las jaras le ves una cuarta de pelo renegrío, duro, brillante.
Los perros al verte reculan. Algún malnacido les soltaría un tiro en un agarre y ahora al verte, te temen. Te quedas en silencio, o todo el silencio que te deja el corazón que te sale por la boca y poco a poco, los perros se confían y vuelven a latirle. Le dan vueltas pero no se atreven a entrarle.
A tus espaldas sientes tronchar monte y el jadeo y las cencerrillas de más perros que se llegan hasta el cochino. Ahora sí. Entre los trasluzones de las jaras ves el verdino de los mastines, que sin pararse un segundo, se lanzan sobre el marrano.
Ahora solo sientes troncharse jaras, saltar piedras, pezuñeos, gruñidos, algún perro quejarse por la mojá del cochino y el difícil respirar de algún perro que ya ha hecho presa.
Esta es la tuya. Te clareas, te llegas hasta él por las espaldas y le clavas el acero hasta los mismísimos gavilanes. Una y otra vez. El acero se escurre entre las cerdas y las costillas como si fuesen de mantequilla, hasta que un borbotón de sangre que te inunda el puño, te anuncia que poco le queda ya por penar al marranaco.
Dejas a los perros morder, que se lo han ganado qué coño. Te sientas encima del guarro y mientras le admiras y hasta apenas por su noble muerte, limpias la hoja de tu cuchillo en sus lomos. Te enciendes un cigarro y le das una calá que te llega hasta el alma. Entornas los ojos, agotado por la tensión, y le das gracias a Dios por haberte hecho MONTERO.
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Si buscas en mis escritos galas de bonita literatura, no te molestes en leerlos. En ellos ni susurra el arroyuelo, ni los pájaros cantan; sólo, en verdad, todo huele a sangre y pólvora.